
Litografía de Miró
En 1916, Joan Miró visita en Barcelona una importante exposición de arte francés organizada por Ambroise Vollard, uno de los más conocidos marchantes franceses de la época.
Esta muestra ejercerá sobre él tanta influencia que el verano de ese mismo año, durante el que se refugia en Montroig, sus primeros cuadros revelan al artista enfrentado con la energía de los colores puros, unas pinceladas estilo Van Gogh y una paleta viva típica de los Fauves.
Por otra parte, Miró sigue las novedades que se producen en el arte francés leyendo revistas como ‘391’, ‘Revista Nova’, ‘Sic’, de Albert Birot, y ‘Nord-Sud’, editada por Pierre Reverdy, de la que tomó su título un cuadro de 1917. Ese mismo año, Miró conoce a Francis Picabia, artista dadaísta provocador y rebelde que, entre una estancia y otra en Nueva York, expuso en Barcelona algunas de sus obras.
Anarquía poética
Quizá fue este encuentro con Picabia cuando Miró fundó dentro de la academia un grupo independiente cuyo espíritu era el de alzarse contra las instituciones oficiales que controlaban las artes figurativas y, claro está, apoyaban valores ligados a la tradición.
La voluntad de romper y de manifestar una nueva capacidad inventiva y técnica atrajo a Miró hacia el movimiento dadaísta.
En este sentido, las investigaciones dadaístas no son ajenas a un artista como él, aunque, en realidad, “¿qué sentido puede tener para él rebelarse, como el dadaísta, contra un orden al que nunca se ha adherido?”, tal y como se preguntaba acertadamente Alain Jouffroy en su monografía del artista. La suya es probablemente una anarquía poética y no anarquía en el significado que tradicionalmente se entiende.
Su primera exposición
Es fácil adivinar que, impulsado por la curiosidad y el entusiasmo por lo que es nuevo pero es objeto siempre de una revisión personalísima y original, Miró participa en la intensa actividad artística de Barcelona, que se desarrolla en torno a la galería Dalmau.
Será precisamente Josep Dalmau quien organice su primera exposición individual, en 1918. Sus cuadros sorprendieron a todos los visitantes no tanto por la vivacidad del color y por la originalidad del estilo, sino por el modo de representar la realidad.
Miró alterna estímulos y la actividad cultural con las tranquilas estancias en Montroig, costumbre que conservará toda su vida; allí, la serena contemplación de la campiña catalana es capaz de absorber todos los impulsos procedentes del exterior.